Hoy, 15 de mayo, es el Dia de la Enseñanza Rural.
Para resaltar el valor de la Escuela Rural, el sacrificio de los maestros y los alumnos, hemos seleccionado una anécdota real, contada por el maestro Carlos Machado cuando llegó a ocupar el cargo en la escuela de La Horqueta, zona rural cercana a Castillos.
Carlos no solo ejerció su cargo como docente, también es músico, escritor, ex director de Cultura del Gobierno de Rocha, entre otras actividades que lleva adelante. Cuando elegimos esta historia para saludar a la enseñanza rural, es porque Carlos hace mención a un hombre que resume la bondad de una persona en su máxima expresión. El Pepe Molina.
Y todo hace a la Enseñanza Rural. La escuela, el maestro o maestra, los chicos y, especialmente en la campaña, la familia. Y en Pepe y la no menos estupenda Italia, su compañera de ruta, está sintetizada una comunión extraordinaria que nos dibuja el cerno de la enseñanza rural…
EL PEPE MOLINA
«Llegar a una “escuela nueva” para todo maestro rural es una situación muy especial. Aún recuerdo la emoción que sentí al izar la Bandera por primera vez en la Escuela 33 de Quebracho, “mi primer destino” de maestro rural.
El primer día en la Escuela 31 de la Horqueta de Castillos, “mi segundo destino”, fue más especial aún. Un entorno diferente, la escuela en el alto, los vecinos casi todos a la vista, inmersos en un paisaje de exótica belleza. Una sucesión de lomas moteadas de palmeras que van cambiando de colores según el cielo, las nubes y el sol.
Un lugar donde es difícil sentirse solo, para donde se mire los vecinos están ahí, pudiendo ver sus tareas, su diario trajinar: Eliseo para la chacra, con su tranco largo; el Doctor Laborda, marchando temprano para la consulta; el Tío Toto para el pueblo; el Beto arando allá en el bajo; el Ique en bicicleta, subiendo el repecho del molino de José, el dueño del loro; el Ariel a caballo y rodeado por sus perros; la Melucha en tareas de la casa; el Coya, pa’ el pueblo de a caballo; alguno de los Garaza, en el rosillo con la oreja quebrada; los Sosa hermanos y linderos; Don Sosa con su infaltable bicicleta; El Pepe; el Pocho y la Nena; el almacén de Doña Yola, con Cosmecito barriendo el patio; del otro lado del bañado Domingo y la Juana; Ariel y Maya, del otro lado del palmar cerrado; el auto del Marujo, casi todos los días para el pueblo; los Molina con su cancha de fútbol; más allá tirando al Cerro de los Rocha, Dilier, Lirio, Rivero y la pista y muchos otros que el tiempo ha ido borrando los nombres de mi memoria, pero no el recuerdo agradecido a todos ellos.
Lo que me queda “patente” es ese primer día del que hablaba. Ese estado de ánimo donde se conjuga entusiasmo, curiosidad y por qué no un poco de temor, un estado de inquietud. Si a eso agregamos la entrada del sol, con el avance de las sombras con un cortejo de palmeras, ahora pardas y sin brillo. Ladridos a lo lejos; el fraseo triste de las torcazas; el rezongo del ñacurutú y la necesidad de prender el farol o la lámpara a mantilla. En eso estaba cuando sentí un silbido, para el lado del camino. Salí con el temor a lo desconocido golpeándome en el pecho. En la portera un jinete emponchado en un caballo negro –al menos me pareció-, enorme el caballo y enorme el jinete –al menos así me pareció-.
-Bájese amigo!- dije, sólo por salir de aquella situación.
Con una voz ronca y oscura que me pareció de un gaucho matrero, dijo
-Amigo no, tengo muchos y no preciso más, si se me muere alguno lo voy a tener en cuenta. Escuche bien, mañana se me va hasta las casas con Enrique, y no me falte, estamos.
El dio media vuelta y se fue al trote, yo prendí el farol y me puse a pensar que tenía un alumno que se llamaba Enrique y que al otro día tenía que enfrentar mi función de maestro y a un gaucho gigante que me obligaba a ir a su casa; esa noche…costó dormirse.
Con el día vino el trabajo, los primeros vecinos en “ponerse a las órdenes”, los niños afectuosos pero extrañando a Larry, el anterior maestro.
Después de las tres, salí con Enrique, cortando campo y allí, en una casa limpia, ordenada y acogedora pude comprobar que el jinete no era tan grande, no tenía la voz tan ronca, y aceptaba amistades. A la primer cebadura de mate ya era su amigo, claro estaba en la casa de uno de los hombres más “macanudos” que he conocido.
Ah, también comprobé que el caballo del “Pepe” Molina no era negro.»
Carlos Machado González


