La Sombra era la perra del maestro rural de José Ignacio.
Un hombre que además de dar clases salía a hacer changas de herrería por la zona.
Él dejaba sus herramientas en un rincón, y la Sombra, celosa, se las cuidaba como si fueran de oro.
Nadie las tocaba.
El jefe era un perro. Un border collie traído de Australia por un conocido.
Fino para el trabajo, serio, con esa mirada que ordena sin ladrar.
De esos dos nació el Leo.
Fue el primer perro que tuve para el trabajo.
Negro entero, con las patitas blancas como si usara guantes.
Tremendamente guapo. De los que no aflojan.
Todavía lo recuerdo metiéndose solo en las islas de la Laguna.
Se perdía entre los pajonales y los capinales altos.
Entraba a mover el ganado él solo.
Lo hacía salir, lo arrimaba a los arroyos, y lo traía despacito, manso,
hasta dejarlo justo donde yo lo estaba esperando.
El Leo no era solo un perro.
Era compañero.
De los que cuidan, de los que entienden sin hablar,
de los que se te quedan para siempre en la memoria.

