El fuego cruje despacio, como contando historias viejas que solo entienden los que han vivido.

Lame la leña sin apuro, chispea y se estira,  pintando sombras que bailan sobre las caras en silencio.

Mientras el sol se despide en el horizonte, tiñe el cielo de brasas y se hunde tras la lomada, dejando al campo una luz mansa, color durazno maduro,  y un aire que huele a pasto seco y a mate recién cebado.

No hay lujos, no hacen falta.

El silencio pesa lo justo, lo que deja escuchar el viento trayendo el mugido lejano de una vaca y el canto de algún grillo.

Porque en ese instante, entre el calor del fogón y la calma del campo, entre una brasa que revienta y un silencio que acompaña, todo está donde tiene que estar.

El tiempo afloja, el pecho se ensancha,  y uno entiende que la riqueza cabe en un tronco encendido y en ese sol que se oculta en la lejanía.