El campo uruguayo ya no es el mismo de cuando éramos chicos.
Antes cada tanto cruzabas un vecino a caballo, se oían gurises en la escuela rural, y a la tardecita salía humo de todas las casas.
Se fue despoblando de a poco, sin hacer ruido.
Cerraron las escuelas. Las que tenían bandera, recreo y maestra que conocía a todos por el apellido.
Muchas casas se hicieron taperas. Paredes caídas, parrales secos, y el viento silbando por las ventanas rotas.
Los vecinos son otros.
Llegó gente de afuera. Otros compraron tierra para inversión, para números y alambrados nuevos. Gente buena, capaz. Pero sin ese apego al suelo.
Es triste decirlo, pero parece un camino sin regreso.
Pero todavía queda campo.
Queda el vecino que madruga igual aunque no haya apuro.
El que arregla el alambrado aunque sea suyo y del de al lado.
El que todavía le abre la portera al que pasa y le convida un mate sin preguntar de dónde viene.
Queda el gurí que vuelve los fines de semana a casa de los abuelos.
Queda el que compró para invertir, pero una noche de verano se quedó a dormir.
Miró el cielo, escuchó los grillos, y entendió por qué este suelo se quiere distinto.
Igual, cuando cae la noche y no hay luz eléctrica cerca, el cielo sigue siendo el mismo de antes. Gigante y lleno de estrellas.
Y ahí, por un rato, uno se olvida de las taperas y vuelve a ser gurí tirado en el pasto.
El campo cambió, sí.
Pero no se murió.
Mientras haya un fogón prendido, un perro en la puerta y alguien que mire las estrellas y se acuerde de los viejos… el campo sigue vivo.

