Deben ser todas muy similares en cada casa de campo.
La misma esencia, distinto techo.
Yo recuerdo perfecto la de José Ignacio.
La del establecimiento de mi padre.
Era una habitación grande, partida en dos como la vida misma.
De un lado, la mesa larga.
La de los almuerzos que se estiraban y las cenas que cerraban el día.
Madera gastada, bancos firmes, lugar para todos los que cayeran.
Del otro lado, mi preferida:
varias sillas enanas rodeando la estufa o el fogón.
Ahí colgaba la caldera. Siempre llena.
Agua para el mate, agua para el guiso, agua para la vida.
Y cuando las brasas estaban a punto, la parrilla salía para algún trozo de carne que chisporroteaba despacito.
En ese entorno se hablaba de todo y de nada.
De lo que pasó en el día, de los trabajos que quedaban para mañana.
También había silencios largos.
Silencios de los que enseñan.
Todos mirando el movimiento de las llamas, escuchando cómo la leña hablaba bajito.
Allí, en esa niñez y adolescencia, escuché más relatos que en cualquier libro.
Gente paisana, poblada de vivencias.
Cuentos llenos de exageraciones, sí. Pero también de creencias viejas, de esas que se creen porque sí.
Contaban sus historias tal como las habían vivido.
Y tal como el viento del camino las iba ordenando en la mente y en el corazón.
Creencias arraigadas que nos mantenían a todos con los ojos grandes, expectantes, sin pestañear.
El tiempo pasó.
La mesa se vació. La caldera ya no cuelga.
Pero todo permanece latente en mi memoria.
Porque ahí aprendí que el fuego no solo cocina:
calienta historias, cura silencios y guarda generaciones.
Esa cocina de campaña fue mi primera escuela.
Y el humo que salía por el techo… todavía me guía de vuelta a casa.
Alfonso Arrarte

