La Herrería de mi Padre

Mi padre le decía herrería, pero era más que eso. Era herrería, carpintería, taller de inventos y refugio. Cualquier cosa que se rompiera en la casa o en el campo terminaba ahí, como si el galpón supiera curar.

No era grande. Un galpón de ladrillo y techo de chapa con olor a hierro caliente, viruta y yerba mate. Pero adentro había un orden que imponía respeto. Cada herramienta tenía su silueta dibujada en el tablero de la pared: martillos, tenazas, serruchos, formones. Si faltaba una, se notaba enseguida. “Cada cosa en su lugar”, decía él, y el lugar de cada cosa era sagrado.

Al medio, el banco de carpintero, marcado por mil cortes y golpes. Más al fondo, la fragua apagada la mayor parte del tiempo, y el yunque. Ese yunque sigue conmigo. Pesa lo que pesa un recuerdo. Cuando lo toco, todavía me parece escuchar el cling del martillo dando forma al hierro al rojo.

Ya de veterano salía menos al campo. Los alambrados y las recorridas quedaron para otros. Pero el galpón nunca quedó vacío. Ahí pasaba el rato entretenido. Lo mismo le ponía fondo a una olla vieja que te armaba una portera de madera que duraba veinte inviernos. No había trabajo chico si servía para algo.

Y el mate. Siempre el mate. Lo cebaba en silencio, mirando por la puerta entreabierta. No hablaba mucho. No hacía falta. El ruido del torno de mano, el raspar de la lija, el silbido de la pava: esa era su manera de conversar.

A veces entro a mi propio galpón y busco ese olor. No está. Pero cuelgo las herramientas igual que él. Y cuando el yunque suelta una chispa, por un segundo, el galpón chico vuelve a estar lleno. Y mi padre, tomando mate en silencio, arreglando el fondo de a una olla, o haciendo una portera.                                                                                          

 2002 AAA